Mi Pequeña Mazahua

Observadora de Estrellas by Veronik Ilustra

Justo después de la peor crítica que he tenido (151 comentarios negativos vs 1 positivo) llegó la invitación a participar en la exposición “Mi Pequeña Mazahua” la emoción era tanta que acepté enseguida y me encontré ante un reto enorme y la historia más linda que he ilustrado.

Después de fallar de manera monumental en los primeros 14 bocetos me di cuenta de que no había nada en mis ideas salvo la vida cotidiana de una muñeca; estaba mirando del lado equivocado. El nombre de la exposición era “Mi pequeña Mazahua” no “Mi pequeña muñeca mazahua”…

Con esto en mente me di cuenta de que la verdadera pequeña mazahua es una niña con un trasfondo triste y limitado. Son niñas que desde chicas aprenden a realizar artesanías con la esperanza de venderlas y sustentar a su familia, son marginadas por su raza, y vestimenta en una tierra que por derecho es de ellas. Son los últimos descendientes que nos quedan de la riqueza auténtica de nuestro país.

Quién lo diría, en estos días la riqueza de México no está en su economía, sino en sus personas, entre las más menospreciadas de todas ellas.

Así que dicho esto me puse a revisar, a buscar una referencia que me sirviera para comenzar un nuevo boceto, y encontré muchísimas fotos, en todas ellas hay niñas que ríen. Hay niñas que pese a la adversidad que viven se valoran, niñas que saben que son princesas como todas lo supimos en algún momento de nuestra vida, niñas con la riqueza bordada en la vestimenta y en la piel; son dueñas de toda la tierra que pisan con los pies descalzos, dueñas de todas las flores y todas las estrellas que puedan atrapar con los ojos.

Ahí estaba mi historia y sin embargo no es la única. La otra te la contaré después n_n, lo prometo. 

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Y tú ¿Tienes alguna historia que cuentes con tu ilustración?

Tehuana de mis amores

Esta historia es parte de un proyecto, un regalo muy especial; tanto como la personita que me lo pidió, gracias Themis por invitarme a ser tu cómplice. n_n 


Hubo una vez una itsmeña que fuera de su ciudad cantaba un arrullo, una abuela que era madre y que protegía a su “chunca” (en zapoteco: la más pequeña, su consentida).

Cuentan las estrellas que en la noche en que salió de su pueblo fue marcando el camino con los centenarios de su ahogador. De ese modo pagaba por el futuro que deseaba entregar a sus hijos y el rastro que dejaba les permitiría regresar a su Oaxaca natal; la raíz de donde todos venían.

Cuando llegó a la ciudad solo le quedaba amor. Pero los espíritus grandes, como el de ella, saben construir moradas llenas de felicidad, entrega desmedida y calor de tradición. Pasó el tiempo y al final de sus días aquella hermosa itsmeña se unió al viento en un arrullo que vencería generaciones.

Cuentan que aún los más pequeños descendientes de su estirpe pueden encontrar su cariño y los restos de su canto entre los pliegues de su traje de tehuana.

Chunca pa’ allá, chunca pa’ acá…     … las olas que vienen y van.


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